¿A los 60 años todavía se puede empezar de nuevo?
¿Se puede volver a empezar a los 60 años? Hay una pregunta que tarde o temprano aparece en la vida de muchas personas: «A estas alturas de mi vida, ¿todavía puedo volver a empezar?». A los veinte años parece casi una pregunta absurda. A los treinta pensamos que todavía tenemos todo el tiempo por delante. A los cuarenta empiezan las primeras reflexiones, pero seguimos mirando hacia adelante con la sensación de que todavía queda mucho por construir. Después llegan los cincuenta, los sesenta y, para algunas personas, esa pregunta se vuelve cada vez más insistente: «¿No será ya demasiado tarde?». La respuesta de Sempreunagioia es sencilla: no. No es demasiado tarde. Es más, quizá a los sesenta años tenemos algo que a los veinte todavía no teníamos: un conocimiento mucho más profundo de nosotros mismos. Hemos cometido errores, hemos perdido, hemos amado, hemos vuelto a empezar al menos una vez. Hemos conocido personas que se quedaron y otras que se fueron. Hemos tomado decisiones acertadas y otras que, con la perspectiva que da el tiempo, quizá habríamos tomado de otra manera. Hemos atravesado momentos en los que pensábamos que no podríamos seguir adelante y, sin embargo, los superamos. Y todo eso no es simplemente tiempo pasado. Es experiencia. El problema es que la sociedad nos ha acostumbrado a pensar que existe una edad adecuada para cada cosa. A los veinte hay que estudiar. A los treinta hay que construir una carrera. A los cuarenta hay que consolidar lo que se ha conseguido. A los cincuenta hay que empezar a pensar en la jubilación. ¿Y después de los sesenta? Parece casi que el programa solo contempla una cosa: ir más despacio. Pero ¿quién lo decidió? ¿Por qué deberíamos dejar de tener deseos simplemente porque hemos cumplido sesenta años? ¿Por qué deberíamos pensar que un nuevo proyecto es ridículo, que aprender algo nuevo ya no sirve para nada o que volver a enamorarse es algo propio de los jóvenes? La vida no es una autopista con una salida obligatoria a los sesenta años. Es un camino que puede cambiar de dirección una y otra vez. A veces volver a empezar significa cambiar completamente de vida. Otras veces significa algo mucho más sencillo. Recuperar una pasión que habíamos abandonado. Aprender a tocar un instrumento. Escribir ese libro que siempre hemos querido escribir. Viajar a un lugar donde nunca hemos estado. Hacer nuevos amigos. Enamorarnos. Ponernos a estudiar. Abrir un pequeño negocio. Convertir una afición en algo más. O simplemente dejar de hacer algo que nos hace infelices. No todos los nuevos comienzos hacen ruido. Algunos empiezan en silencio, una mañana cualquiera, cuando nos miramos al espejo y decidimos que ya no queremos vivir solamente en función de lo que ha pasado. Y precisamente aquí existe una diferencia importante entre volver a empezar a los veinte y volver a empezar a los sesenta. A los veinte muchas veces empezamos de nuevo porque todavía no sabemos muy bien quiénes somos. A los sesenta podemos volver a empezar sabiendo mucho mejor quiénes somos y, sobre todo, quiénes ya no queremos ser. ¿Tenemos menos tiempo por delante? Quizá sí. Pero también tenemos algo precioso que el tiempo nos ha regalado: sabemos que el tiempo no debe desperdiciarse. Cuando eres joven puedes permitirte aplazar las cosas. «Lo haré algún día», dices. Y ese día parece estar lejísimos. A los sesenta, esa frase adquiere un significado diferente. Empiezas a comprender que ese famoso «algún día» no es infinito. Y esta conciencia, en lugar de ser triste, puede convertirse en un extraordinario impulso hacia la vida. Porque si hemos comprendido que el tiempo es precioso, quizá ha llegado el momento de dejar de regalarlo a aquello que no nos hace felices. ¿Cuántas personas continúan haciendo un trabajo que odian simplemente porque piensan: «A estas alturas ya es demasiado tarde para cambiar»? ¿Cuántas permanecen en relaciones que ya no tienen nada que ofrecer por miedo a volver a empezar solas? ¿Cuántas tienen un sueño guardado en un cajón y lo mantienen allí porque creen que aquella oportunidad ya ha pasado? Y, sin embargo, si lo pensamos bien, la pregunta no debería ser: «¿Soy demasiado mayor para hacerlo?». La pregunta debería ser: «¿Cuánto tiempo más quiero pasar sin intentarlo?». Naturalmente, volver a empezar a los sesenta años no significa comportarse como si tuviéramos veinte. Y esta es una buena noticia. No necesitamos demostrar nada a nadie. Podemos elegir con mayor conciencia. Podemos decir que no sin sentirnos obligados a explicarlo todo. Podemos dejar de perseguir a personas que no nos buscan. Podemos seleccionar mejor lo que queremos en nuestra vida. Podemos finalmente comprender que la felicidad no consiste en tener una vida perfecta, sino en construir una vida que se parezca a nosotros. Y quizá ese sea precisamente el regalo que puede hacernos el tiempo. De jóvenes pensamos que la felicidad es algo que tenemos que alcanzar. Más adelante descubrimos que muchas veces es algo que tenemos que reconocer. Un paseo sin prisas. Una llamada a una persona querida. Un proyecto que finalmente empieza a tomar forma. Una risa inesperada. Un viaje. Una puesta de sol. Una mesa preparada para alguien a quien amamos. Una mañana en la que nos despertamos y todavía tenemos ganas de hacer algo. Son cosas sencillas. Pero a menudo la vida se vuelve complicada porque buscamos la felicidad en los lugares equivocados. Volver a empezar, entonces, no significa necesariamente cambiarlo todo. También significa aprender a mirar lo que tenemos con ojos nuevos. A los sesenta años podemos descubrir que no hemos llegado al final de algo. Simplemente hemos entrado en otra etapa de nuestra historia. Y una historia no se vuelve menos interesante porque el protagonista tenga sesenta años. Quizá, al contrario, se vuelve más interesante porque finalmente conocemos al protagonista. Ya hemos atravesado capítulos difíciles. Hemos conocido el dolor, las decepciones, las separaciones y los fracasos. Pero también hemos conocido el amor, la amistad, las satisfacciones, las personas que cambiaron nuestra vida y aquellas que nos enseñaron algo incluso al marcharse. Todo eso nos ha llevado hasta aquí. Entonces, ¿por qué considerar los sesenta años como una línea de llegada? Podrían ser una línea de salida. No hace falta tener un plan perfecto. No hace falta saber exactamente adónde llegaremos. A veces basta con dar el primer paso. Un curso. Un viaje. Una llamada. Un libro. Un paseo. Una decisión que llevamos demasiado tiempo aplazando. Una puerta que finalmente decidimos abrir. La vida no nos garantiza que todo vaya a salir bien. Pero nos garantiza una cosa: mientras estemos aquí, todavía tenemos la posibilidad de sorprendernos. Y quizá esa sea una de las formas más bonitas de la alegría. No saber exactamente qué sucederá mañana y, aun así, tener ganas de descubrirlo. Por eso, si tienes sesenta, sesenta y cinco, setenta u ochenta años, no te preguntes si eres demasiado mayor para volver a empezar. Pregúntate más bien si todavía hay algo que deseas vivir. Si la respuesta es sí, entonces no ha terminado. Todavía hay una página en blanco. Y nadie ha dicho que debamos dejar de escribir simplemente porque ya hemos escrito muchos capítulos. La vida no nos pide que volvamos a ser jóvenes. Nos pide algo mucho más bonito: seguir estando vivos. Y entonces sí, a los sesenta años se puede volver a empezar. Quizá no desde cero. Sino desde todo lo que hemos aprendido. Y esta, quizá, sea la mejor manera de comenzar que podríamos desear.
Sempreunagioia









